Posteado por: inespiral | junio 19, 2009

Un día en La Gloria: los fantasmas de la influenza

Crónica desde el municipio mexicano donde los medios buscaron el “caso cero” de la epidemia de gripe porcina, luego llamada gripe A o H1N1.

La Gloria, en el municipio de Perote, Veracruz, México es el pequeño pueblo donde según los primeros análisis se dio el “caso cero” de la epidemia de influenza porcina. Allí, desde los años noventa se han sucedido manifestaciones de activistas criticando la contaminación medioambiental de Granjas Carroll, las granjas porcinas de la empresa mexicano-estadunidense Smithfield Foods. Pero fue después de que un laboratorio canadiense señalara que un niño de cinco años, Edgar Hernández, sufría de una mutación desconocida de la gripe, cuando la llegada de visitantes nacionales e internacionales cambió para siempre la vida de este pueblo.

A día de hoy, el virus H1N1, se encuentra en todos los continentes, y según los dictámenes de la Organización Mundial de la Salud, “la fase de alarma” se elevó a 6 el pasado 11 de junio. En su momento la enfermedad copó las primeras planas de todos los diarios y en las farmacias de muchas ciudades se agotaron los tapabocas. Hoy, los estados se han pertrechado de antivirales probados contra la gripe aviar, como Tamiflu, se ha reanudado la vida normal en muchos aeropuertos y se han moderado los ataques a la industria porcina.

La vorágine mediática y psicosis social que se produjo en México tras las declaraciones de la Secretaría de Salud acerca de una contagiosa enfermedad, ya ha cesado en el país, y, de hecho, la atención se centra en nuevas desgracias mientras los casos de contagio aumentan y la gráfica que los registra desaparece de las páginas web oficiales.

Parte de la comunidad internacional criticó a México como un estado fracasado, incapaz de administrar bien sus enfermedades, y el gobierno mexicano realizó una operación cosmética que protegiera su imagen y la de las empresas transnacionales que operan en su territorio. Hubo una historia de la que ya no se ha vuelto a saber, y es la historia de La Gloria….

Bienvenidos a La Gloria

Aquel día los remolinos surcaban el paisaje, la vegetación de maguey, nopal y arbustos espinosos era seca y el sol intenso. La primera impresión al acercarse por caminos de tierra a sus cultivos y a sus calles era la de un pueblo “dejado de la mano de Dios”, aplastado por una nerviosa incertidumbre. Un cartel de letras grandes y rojas instalado a la entrada del pueblo, “La Gloria. Veracruz. Place free of influenza [Lugar libre de influenza]”, daba la bienvenida y a la derecha quedaba un inmenso fortín de paredes desconchadas que alguna vez fue algo. Era la una de la tarde. Las calles estaban vacías pero cerca de la plaza mayor acaba de terminar una rueda de prensa. Un equipo de televisión recogía sus bártulos, y señaló que al doblar la esquina estaban Pedro Montalvo, director general de la Comisión del Agua del Estado de Veracruz, y Ricardo Franco, alcalde de Perote.

La bienvenida prosiguió. Una muchedumbre de hombres de gorra roja permanecía bajo una carpa blanca con sillas ordenadas para la ocasión. Tras la mesa de los conferenciantes colgaba un cartel con las indicaciones de la Secretaría de Salud del Estado: no saludar ni de mano ni de beso, taparse la boca al estornudar, lavarse las manos, pero nadie llevaba tapabocas. “Si hubiese una infección aquí, ¿acaso no los llevaríamos”, señaló Ricardo Franco.

Los hombres de gorra estaban enojados, querían que cambiase el tratamiento mediático y regresase la actividad económica, pero poco a poco se suavizaron. Dijeron que la Comisión Nacional del Agua había hecho estudios y que había determinado que la salubridad del agua era excelente. También decían que el único caso de influenza porcina que se dio en el municipio ya estaba sanado, que las calles fueron fumigadas por la brigada número cinco y que los 120 casos de influenza común que se dieron en el mes de marzo respondieron “al cambio de clima, a la altura y al frío de las noches”.

En un edificio rectangular, similar a un gran granero, varios muchachos descargaban un inmenso camión negro de la Secretaría de Seguridad Pública. Era la unidad de cocinas ambulantes, enviados desde Jalapa “para este evento”.

—¿Para qué evento?
—Para el evento de la influenza —contestó uno de sus cocineros jóvenes, que afirmó que llevaban una semana en el municipio dando de comer a sus habitantes.

Ellos sí llevaban cubrebocas. Las autoridades y el cuerpo de protección civil de gorras rojas indicaron que eran “las medidas normales en la preparación de la comida”. Dos policías custodiaban la entrada y el dispositivo “de seguridad” instalado fuera superaba los cinco carros. En la penumbra del granero unas 15 mujeres, niñas y un hombre desbrozaban varias bolas de queso Oaxaca. El resto de las mesas se fue llenando de señoras arrugadas y chiquitas, de familias jóvenes con niños silenciosos, de compadres con sombrero blanco. Un perro de ojos tristes paseaba entre la gente que atendía formada su ración de carne con mole verde. En un rincón se levantaba un cargamento de limones. “Aunque todo ha pasado, yo sí tengo miedo –señaló una mujer que prefirió omitir su nombre–. Aseguran que el origen de la enfermedad no son los cerdos y nos han puesto vacunas a todos, pero con las granjas no estoy segura…”.

Algunos afirmaron que no hay trabajo, que por eso sus hijos tienen que callar para comer. Mientras los cuerpos de protección civil tomaban fotografías a los reporteros que hacen preguntas y a aquellos que las contestaban, algunos rumores corrían. “Ya desde 1994 Granjas Carroll nos ofrecía una vez al año animales para comer –señaló una señora–, aunque no quisiéramos nos obligaban a comer su carne, hasta las camionetas de la institución familiar que traían juguetes para los niños portaban el logotipo del marrano”.

Las granjas están a ocho kilómetros del municipio, las gentes dicen que hay guaruras (guardaespaldas) que las vigilan y que ahora sus instalaciones lucen limpias, pero el repertorio de secretos sin confirmar que rodea “la granja” (una granja suspendida en el aire, pero apenas nombrada) va de la venta de animales enfermos por el Estado de Veracruz y Puebla, el uso indiscriminado de antibióticos en los animales o una grabación que prueba cómo a los marranos vivos se les alimentaba con otros ya muertos. “La casa del niño Edgar Martínez se encuentra vacía, él está en el Puerto de Veracruz visitando al gobernador y después se lo llevarán a Roma, a ver al Papa”, señalaba una señora que añadió que la familia “de un día para otro” cambió los testimonios.

Más que rumores

Hay mujeres que cuentan que desde hace años hay abortos y malformaciones de los fetos por insalubridad del agua, que varios niños sufrieron hemorragias nasales con la gripe de marzo y que son tres o varios los que murieron. “Los teléfonos de aquellos activistas que protestaron contra la repercusión medioambiental y social de las Granjas Carroll en 2006 están intervenidos”, aseguran las mismas lenguas. Y, de hecho, Margarita Hernández, junto a otros cuatro activistas del municipio –Luis Martínez Crisóstomo, Verónica Hernández, Bertha Crisóstomo y Guadalupe Serrano–, enfrentaban procesos judiciales y amenazas desde hace dos años, aunque la empresa ha prometido levantárselos si “se portan bien”. Aquel día, para asegurar la buena conducta de Margarita, una patrulla de Seguridad Pública hacía guardia en la esquina de su comercio. “Ya no puedo hablar”, dijo mientras fregaba los cristales y vigilaba por el rabillo del ojo si alguien se acercaba. “He llegado a un acuerdo con Gobernación y me vigilan 24 horas”.

Una no puede evitar preguntarse hasta qué punto son peligrosos los secretos que esconde Margarita, cuando se la mantiene callada a toda costa. Tal vez algo más de lo que ya se ha hecho público, como el hecho de que en Estados Unidos, Smithfield Foods, la empresa socia de Granjas Carroll y líder del sector porcino, fue multada con 12,6 millones de dólares por cometer 6.900 violaciones a la Clean Water Act (Ley de Agua Limpia) antes de trasladarse a Perote, o como, ya en México, el informe de la Comisión de Medioambiente y Recursos Naturales del Congreso de la Unión que en febrero de 2006 señalaba que era escaso el manto freático del valle, que la fetidez ambiental era insoportable, que las moscas, “posibles vectores de enfermedades”, acudían a los desechos y excrementos de los cerdos muertos para después merodear por el pueblo. Granjas Carroll arrojaba en su reporte financiero de 2008 unas ganancias que superaban los 11.000 millones de dólares anuales, sin embargo sus directivos se declaran agraviados por las pérdidas económicas que la epidemia les ha causado. Un comunicado de la FAO cuestiona que la mutación de la cepa de influenza provenga de los cerdos. Las autoridades de Veracruz llaman a la epidemia “influenza humana”.

Al terminar la comida llegaron unos funcionarios de la Secretaría de Desarrollo Social del Estado de Veracruz. Hicieron un llamado y la multitud se concentró en torno a ellos. Ofrecían talleres de formación y reinserción laboral. Según algunos habitantes, desde que se dio el brote epidémico sus paisanos de la capital perdieron sus trabajos y será difícil que los recuperen porque los han estigmatizado; según otros en el municipio se vive del campo y de sus 500 ejidos y nunca ha habido voluntad política de promoción. Ahora se fomentará el sector turístico. “Si al menos esto sirve para que nos formen…”, comenta con gesto suspendido una muchacha.

Luego del anuncio, la alcaldesa del pueblo, junto con varios niños, comenzó a repartir una ración de limones. Los niños habían pintado las bardas y los muros del pueblo “para dejarlo bonito” y lucían trazos de pintura roja en sus brazos. “Es un servicio social –dijo uno– para que a mi familia le den su despensa”. Después de lograrla, las familias y los vecinos, bien comidos, fueron saliendo del granero con un saco de cítrico en los brazos que quizá los ayude a condimentar los frijoles de aquí a seis meses. La tarde cayó y de fondo se intuía un olor denso. Las pocas moscas que se posaron en las tortillas surcaron el cielo y una brisa seca mecía los columpios. Las calles del pueblo se fueron vaciando.


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