Posteado por: inespiral | septiembre 15, 2011

Luto en Manhattan: A 10 años de la catástrofe

Diez años después de la catástrofe, la memoria vívida del atentado a las Torres Gemelas continúa presente en las mentes de los neoyorkinos. A la sombra de los homenajes a las víctimas, cientos de personas, entre ellas 11 mexicanos, continúan desaparecidas. Muchos de los supervivientes sufrirán secuelas de por vida.

Bomberos Fallecidos

De padre cubano y madre dominicana, Jorge Ricco forma parte, desde hace cerca de 26 años, del Cuerpo de Bomberos de Nueva York. El 11 de septiembre de 2001 estaba en up—Manhattan. “Cuando prendimos la televisión y vimos que había un incendio en el World Trade Center (WTC) pensamos que sería un trabajo fuerte para los del downtown —cuenta, y señala cómo pensó que su amigo, mentor y compañero de piso, Denis Mojica, vendría por la noche a contarle su historia—. Poco después vimos al segundo avión darle a propósito a la torre sur y supimos que la cosa era mucho peor de lo que estábamos pensando. Empecé a hacer llamadas. Todos los bomberos, incluso los que estaban fuera de turno, nos montamos en los carros. Entonces escuchamos en el radio interno cómo la última torre se derrumbaba, y a nuestros propios compañeros gritando”.

Ricco ya no habló aquella noche con su amigo Denis, uno de los 343 bomberos que fallecieron en el ataque a las Torres Gemelas. Aquel día murieron dos mil 996 personas. Diez años después de la tragedia, el número de víctimas sigue creciendo por las muchas enfermedades degenerativas causadas por el estrés postraumático y por los metales tóxicos que se respiraron allí, como amianto, mercurio o plomo.

Cuando los bomberos de las distintas estaciones llegaron el caos era absoluto. Los responsables de las operaciones de rescate pedían auxilio. “Nosotros no podíamos esperar: había fuego, humo, oscuridad, no teníamos equipo ni suficiente agua, tampoco luz para buscar en los huecos, ni aire en los tanques”, señala Jorge Ricco, recordando cómo crujían los edificios y cómo multitudes corrían, tropezaban o gritaban “no me dejen” desde los escombros.

“Al entrar a los edificios, en dirección contraria al punto de fuga, la mente te empieza a decir: ‘¿Qué estás haciendo? ¿Para dónde vas? ¡Estás corriendo in the wrong way!’. Tus manos saltan al contacto con el calor, pero has prometido dar la vida si es necesario, y sabes que si estás con el resto (de los bomberos) nada podrá pasarte. Es una guerra por la vida”. Al igual que muchos otros bomberos Jorge estuvo sin dormir, sin comer y sin bañarse buscando supervivientes durante cuatro días. A veces se quedaba traspuesto en las esquinas, “en un huequito”, media hora. Cuando su cuerpo no pudo más regresó a casa unas horas y después continuó las labores de rescate. “Sacábamos con pequeños cubos los escombros, pues podíamos hallar restos de seres humanos. La Zona Cero era un gran cementerio. El recuerdo más fuerte que tengo es de cuando encontré a una mujer joven, de pelo, uñas, vestido bonito; estaba abrazada a otra. Al abrir sus manos apretaba fuerte una sortija de compromiso, como si tuviera miedo de perderla”

EL SHOCK, APROVECHADO POR LOS MEDIOS

Nueva York quedó en estado de shock. La solidaridad inicial se convirtió en temor: el transporte público se vació, algunas mezquitas fueron incendiadas. Según cuenta Marta Pérez, del Centro de la Comunidad Mexicana (Cecomex), la programación televisiva espoleó los miedos. A los tres días de los atentados el Congreso dio poderes al Presidente para “contraatacar contra cualquier persona”; el siete de octubre el Ejército estadunidense invadió Afganistán y, poco después, Jorge Ricco fue llamado a filas. Ricco se presentó a su superior y le dijo: “Usted sabe, tengo un buen amigo que no aparece, su hija pequeña es amiga de mi hija, tengo que encontrarlo”. Al mes y medio “el teniente Luis Torres lo encontró”, recuerda Ricco. Tras comprobar su identidad llamó a María, la prometida de Denis, y partió a Afganistán.

Ricco dejó un Manhattan que ardió a lo largo de siete largos meses. “La Zona Cero quedó sin color, todo era gris —señala Torres, actual teniente en Queens—. Era tan grande el coraje, la rabia, la tristeza… durante tres semanas busqué como un loco, y aunque a los dos días ya era evidente que nadie podía sobrevivir, queríamos encontrar algún rastro de cuerpos para que las familias pudieran tener certeza y cerrar su historia”.

Para Torres el gris de aquellos meses se extendió por los siguientes siete años. Al preguntarle cuándo se recuperó, esboza una mueca herida: “¿Recuperarme? En la Zona Cero encontrábamos grandes vigas de metal reducidas a la nada, al lado de frágiles papeles intactos. No cabía en nuestras mentes el porqué”.

Torres se blindó y construyó historias de los escombros, puntos de equilibrio, fórmulas mágicas, estructuras tras las cuales articular una realidad incomprensible. Evocar le es demasiado doloroso y advierte que no recordará detalles gráficos. A pesar de haber quedado atrapado bajo la Torre norte e inhalado tanto polvo que casi muere ahogado, dice estar físicamente bien, aunque dos de los bomberos que le acompañaron en aquellos meses están muy enfermos. “Nos han contado que tenemos un clock time”, indica, antes de hablar de las pruebas que semestralmente les realiza el servicio de salud. Tan sólo 20 por ciento del cuerpo del Departamento de Bomberos de Nueva York (FDNY, por sus siglas en inglés) es veterano: más de nueve mil quedaron inhabilitados físicamente, con los pulmones agotados, la espalda incapaz o con numerosas enfermedades crónicas. “¿Dónde está todo el mundo? Cada vez ves a menos gente. Muchos están desarrollando cáncer o enfermedades del corazón”.

ENFERMEDADES COMO SECUELAS

Pero no sólo los bomberos sufren enfermedades crónicas de las que no se hace cargo el Fondo de Compensación que creó el gobierno de la ciudad. Muchos trabajadores de la Zona Cero, así como los hijos que tuvieron después de 2001, sufren disfunciones diastólicas del corazón o asma agudo, y ni las compañías de seguro, cuyas pérdidas en aquel momento ascendieron a 30 mil millones de dólares según Standard & Poor’s, ni el Medicaid (servicio de salud básico en Estados Unidos) cubren la totalidad de los gastos. Estas patologías están siendo estudiadas por diferentes centros como el Departamento de Pediatría y Medicina Preventiva de la Facultad de Medicina Mount Sinai de Nueva York, pero todavía no hay cifras ni decisiones oficiales al respecto. Entre estos damnificados indirectos se encuentra Brittney Ortega, de cinco años, quien sufre de comunicación interventricular. “Tampoco respiraba bien, ya que el cartílago que separa un orificio y otro de la nariz está dañado, y la tuvieron que operar”, señala su madre, quien junto con su padre, Dante Ortega, ha llevado a su hija a numerosos hospitales para que le realizaran pruebas. Se han mudado a California porque el clima “es mejor”.

LA VISIÓN DE LOS DE ABAJO

Originario de Acatlán de Osorio, Puebla, Dante vive en Nueva York desde 1991; un año antes de los ataques comenzó a trabajar como manager de un restaurante griego a dos cuadras del WTC. “Era un momento de efervescencia. Vivíamos en el american dream. En ese tiempo era fácil dejar un trabajo y buscar otro. En el restaurante nos ordenaban cada día muchas empresas del WTC. Esa mañana, a las 9:00 horas, yo organizaba un banquete en el piso 102 de la torre sur para una compañía de teléfonos. A primera hora le dije a un chico que hacía
deliveries (entregas) que fuera a prepararlo todo para que estuviera bien. Se llamaba David. Poco después chocó el primer avión. Fue como ver una película de Hollywood. Había un avión atravesado en el edificio, caía lumbre del cielo y en lo alto se veían personas, como muñequitos, tratando de hacer algo y saltando después. Pelotones de gente pasaban corriendo, llorando, hablando del fin del mundo”.

Lo más grave fue cuando la primera torre se desplomó. “Era como si un fantasma de humo te persiguiera y arrasara todo a su paso. La gente que no podía correr era alcanzada por el polvo. Lo lógico era tirarse al suelo y no hacer nada: no se podía ver, apenas sí respirar”. Dante logró meterse en el restaurante poco antes de que le alcanzara la nube tóxica. A los dos meses recibió una llamada de México. Sus padres le dijeron que su nombre se encontraba entre las estadísticas de desaparecidos, junto con otras dos personas de su municipio y muchos otros mexicanos afectados.

Según datos del Consulado de México en Nueva York, fueron 16 los nacionales desaparecidos —de Puebla, Jalisco, Oaxaca, Tlaxcala, Morelos o del Estado de México— en el ataque a las Torres Gemelas. Cinco han sido encontrados gracias a los análisis de ADN realizados por departamentos forenses y biológicos de Nueva York.

HOMENAJES

Cuando el teniente Jorge Ricco regresó de Afganistán hubo un homenaje en el Madison Square Garden para los 343 bomberos muertos el 11-S. Aunque había visto antes los nombres de sus compañeros, al ver sus fotos fue más conciente de la realidad. “Un año después estaba llorando como si hubiera pasado ayer —señala, conmocionado—. El resto de los bomberos ya habían tenido un año para acostumbrarse… Empecé a llamar a sus familias para decirles: I´m so sorry”.

Ni siquiera el óbito de Osama Ben Laden el pasado dos de mayo ha logrado calmar el dolor. En la guerra de Irak han muerto casi siete mil 500 soldados de este país y un denso silencio permanece al recordar a los fallecidos el 11-S: más de 200 asociaciones de víctimas y de supervivientes, fundaciones, organizaciones de vecinos, grupos religiosos, literarios, artísticos o instituciones celebran homenajes en todo el país este domingo. Una de las ceremonias principales, organizada por el New York Memorial Field, consiste en el despliegue de casi tres mil banderas en Battery Park. Además, las plazas de la ciudad de Nueva York acogerán conciertos, lecturas, oraciones y nuevos monumentos que recuerdan a los desaparecidos. En el Alice Austen House Museum de Staten Island se llevarán a cabo lecturas públicas de los nombres de los fallecidos con fondo de salvas al aire. Según su directora, Sara Signorelli, la bahía de la isla es un “lugar de recuerdo” pues “desde ahí los vecinos y familiares de las víctimas pudieron ver el fuego arder en Manhattan durante meses, algo que convirtió al recinto en un espacio para el consuelo”.

Desde 2008 el gobierno de la ciudad de Nueva York construye dos nuevas Torres Gemelas, una de las cuales, con 541 metros de altura y 108 plantas, ya despunta entre los gigantes de cristal del down Manhattan. Pero el principal monumento por abrirse es el museo y memorial diseñado por Michael Arad y Peter Walker en la Zona Cero, construido gracias a ideas y a fondos colectivos. Dos inmensas piscinas con cataratas ocuparán el vacío dejado por las anteriores torres. Bajo sus aguas se verán los nombres de las víctimas agrupados por las afinidades familiares, afectivas y laborales que se han conseguido reconstruir gracias a los testimonios recabados y a un complejo programa informático. Se honrará también a los fallecidos de los vuelos 11, 175, 77 y 93, a las 184 víctimas del Pentágono y a quienes murieron en los atentados previos de febrero de 1993. Las entradas están agotadas hasta principios de 2012. Estará rodeado de robles.


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